Lo que vuelve sin haberse perdido

27 agosto, 2020

Si no fuera por el sonido del agua chocando contra el metal, no podría decir si el barco realmente se mueve o la marea lo lleva. La notable baja velocidad debe ser porque estamos llegando a puerto, aunque no alcance a verse ningún muelle en las lejanas costas. A nuestro alrededor solo se encuentran grandes peñascos de piedras grises y negras, con cintos de musgo oscuro rodeándoles la parte inferior. Algunos son tan altos que incluso parecen pequeñas montañas flotando en el mar, apenas decorando el paisaje. 

Y como suele decir un pájaro conocido “en el corazón del paisaje lúgubre, rodeado por las pequeñas montañas de musgo, se esconde el hogar de los barcos sin dirección”. Todo un poeta, el muy idiota. 

  Mientras los niños y la rubia buscan inocentemente por el piso la “lengua perdida” del capitán, aflojando poco a poco sus movimientos después de haber estado en completa rigidez por horas, yo colaboro con la búsqueda. Creo que seguir el juego es buena distracción de momento, tanto para ellos como para mí, que un recuerdo melancólico y un presentimiento tenebroso no dejan de golpear la puerta de mi mente. Me detengo unos momentos en mis rodillas mientras ellos continúan a un paso apresurado por motivación que carezco, y siento la ligera vibración del metal ante las pesadas botas acercándose. Con ellas, su presencia en mi espalda, no como una erizada de nuca que me haría golpearle, sino con otra conocida. 

— No hace falta que te disculpes, me enojaría si lo hicieras. Soy yo la que te debe una disculpa, pero eso va a tener que esperar.

 Se pone a mi lado, su rostro con una ceja levantada. Me reincorporo y suspiro, no es fácil explicarme pero él, a falta de voz, es un oído bastante hábil.

— Va a tener que esperar porque será una disculpa doble después de esto, necesito largar esto por mi boca para que no quede merodeando en mi cabeza, y eres el único que lo entendería. Y es todo lo que necesito en este momento, ni respuestas ni distracciones, solo ser escuchada.

Pone una sonrisa de tonto, se encorva y se sienta en el suelo. Si, él sabe lo que le estoy pidiendo. Le devuelvo el gesto y me siento a su lado.

— Como los viejos tiempos, y así como nos falta verde donde sentarnos, hay algo más que no tenemos. La rubia me recuerda mucho a “ella”. Se lo que piensas, no se parecen en lo absoluto, y en ciertos aspectos eso es verdad, primero y principal, a ella nunca le tembló la voz hablándole a cualquiera, menos a nosotros. Era directa como un puñal, certera también. Siempre parecía dirigirse tan decidida, tan inamovible, respiraba lo que sea y exhalaba voluntad. También insultos, agradablemente dañinos.

 Asiente sonriendo, la mira unos segundos, frunce el ceño y mueve la palma de la mano en su rostro.

— Lo sé, su rostro y cuerpo son distintos también. Ella tenía estos atributos rígidos, esa cara cuadrada con la cicatriz en el maxilar. Altura y  músculos que no tenían nada que envidiarle a ningún soldado, quizá hasta ellos envidiaban su estado físico. Pero sé que se llevaba las miradas no solo por cómo caminaba, también era bonita la maldita, por momentos antes de llegar a conocerla pensé que lo tenía todo, y en realidad no era más que una triste historia que contar. 

 Nos quedamos en silencio unos segundos, hasta que me mira y levanta sus hombros. Los baja y apunta a su pelo. Entre una risa le contesto:

— No, no es solo el color de cabello, es lo que está haciendo. Esta mujercita se preocupa por esos niños, los cuida y no dudó en tomar responsabilidad por ellos, aun cuando apenas sabe quiénes son. “Ella” también lo hizo con nosotros, éramos unos niños sin mucha idea de lo que hacíamos,  y ella le dio algo de sentido a todo. Nos ayudó a buscar algo que sabía que no íbamos a encontrar, nunca íbamos a ser realmente libres de donde estábamos metidos, pero sabía que la búsqueda ayudaría igual. Nos acercamos gracias a eso, creo que nos hizo ver que existíamos como personas más que como medios para un fin como solíamos creer. No era solo una buena líder, un modelo a seguir o lo que sea que pareciese a simple vista, también era buena confidente, amiga. Una figura que representaba casi todo lo que nos hacía falta. Realmente creo que no sabía parar y por eso no paró hasta lograr lo que consiguió de nosotros.

 La sonrisa que le dibuje con palabras y recuerdo cae poco a poco, baja la vista, y vuelve a mirarla con otros ojos.

— “Ella” de verdad no sabía cuándo parar, y por eso murió.

 Me invaden imágenes, sonrisas, palmadas de hombro, reconfortante. Movimientos rápidos, decididos, manos firmes, miradas que mostraban pensamientos, calculaciones y decisiones más rápidos que el tiempo, confianza. Burlas, risas, gritos, enojos, espectros. Veo el cuerpo, veo las manchas oscuras, veo el hilillo de sangre de la boca sin limpiar, y veo la bala aunque no la esté mirando. Cinco velas, cajón de madera, pequeña corona de flores hecha a mano, dolor. Debe haber una metáfora para ahogarse en tu propia sangre, no la encontré, no la encuentro, no me importa. 

— La extraño.

Me mira y asiente despacio.

— La extrañamos. 

Después de decirlo me envuelvo en silencio unos momentos. A veces siento después de ponerme sus palabras en la boca, como si pudiera hablar por él, que debería quedarme en silencio unos minutos para siquiera entender cómo sería tan solo poder pensar lo que siento y no decirlo de la manera en la que lo hace. No es de mis opciones favoritas optar por la tortura del silencio, pero lo hago por las cosas que no se escuchan. 

Pasan unos largos minutos y le digo: 

— Así como todo con su partida cambió caóticamente, con la llegada de ella tengo el presentimiento acosador de que va a pasar lo mismo otra vez. Y por eso te pido disculpas, porque así como estuviste en el ojo del huracán aquella vez, siento que volverás a ocupar ese lugar.

 Ya no me mira, solo observa un punto fijo en un lugar que no logro encontrar. Me llamo al silencio mientras intento encontrarlo.  

 

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