La peregrinación

El micro pasó por la puerta de un McDonald’s cuando me di cuenta que estábamos aminorando la marcha. Maca también estaba ensimismada, así que tuve que poner pausa al mp3 de “Hey There Delilah” en mi celular, codearla y señalarle afuera de la ventana. 

– ¿La gente donde está? – preguntó, sacándose un auricular.

– Debemos estar lejos de la ruta todavía.

Hace un mes en el colegio nos repartieron un papelito los de Catequesis, invitándonos a participar de la caminata a Luján del 4 de octubre. Maca enseguida lo hizo un bollito y lo dejó al lado de la cartuchera. El papel decía que era una peregrinación juvenil de treinta kilómetros, que el micro salía a las 8 am de la puerta del colegio, nos dejaban a pie en Moreno para que caminemos hasta la Basílica de Luján, y estaríamos tipo 9 pm de vuelta en Victoria. 

Lo leí de nuevo. Moreno. Era ahora o nunca.

– ¿Y si vamos?

– ¿A dónde?

– A la caminata, boluda.

Recién volvíamos del recreo y alrededor nuestro era un bullicio terrible. La de Química estaba chusmeando con la preceptora antes de sentarse en el escritorio. Maca me miró un segundo extrañada y después sonrió.

– Bueno, dale. Le digo a Caro también a ver si quiere.

Caro en ese momento estaba en la otra punta del aula, ocupada haciéndole ojitos a Joaquín, con la excusa de prestarle unos apuntes de Geografía.

– Igual pará – dijo Maca, entornando los ojos – Germán, ¿no estarás queriendo ir a Moreno por Fernando, no?

Sentí como se me calentaban las orejas.

– Boluda, nada que ver – le respondí, mientras hacía que acomodaba unas hojas en la carpeta – ¿vos te pensás que creo que me lo voy a cruzar por la calle sólo porque salimos desde Moreno?

– Sos capaz.

– Tan tarado no soy. Aparte ya re fue Fernando.

– Si vos lo decís…

Maca me leía muy fácil. Nos conocíamos hacía casi dos años, pero a veces parecía que me conocía más que mi mamá. Fue la primera persona con la que salí del clóset en vivo y no a través de MSN; la invité a mi casa una tarde de sábado de diciembre y al rato que llegó le mostré un mensaje que me había mandado Fernando al celular. Tuvo unos minutos de shock mientras procesaba lo que había leído, se rió un rato y para la noche ya estábamos hablando de los chicos del colegio que nos parecían lindos (conclusión de ambos: Federico de tercero es una bomba). Maca también venía escuchando hace meses todos mis problemas amorosos y podía notar que estaba podrida, así que no quise seguir molestándola con el tema.

Con Fernando habíamos empezado a hablarnos por MSN en julio del año pasado; nunca tuvimos bien en claro quien agregó a quien, ni de dónde sacamos el contacto del otro. Lo tenía en una cuenta de MSN falsa para hablar con otros pibes, donde me hacía llamar Martín, de 18 años. Casi todos los tipos que estaban en salas virtuales como Homocity eran mayores de edad, y yo deseaba más que nada calentarme con hombres por chat o recibir alguna foto hot, así que no me quedaba otra que mentir y robarles la dirección de mail para rasguñar un poco de erotismo.

Con Fer fue diferente desde el principio; de entrada nos dijimos nuestra verdadera edad (los dos teníamos 15), nos pasamos fotos y hablamos por teléfono. Incluso nos vimos por webcam una vez, aunque sin micrófonos porque era de madrugada, los dos teníamos las computadoras en el comedor y no queríamos despertar a nuestros padres. Un día me mandó una foto de él sosteniendo un cartel que decía “Martín” con un corazón al lado; ese día le tuve que confesar que no era mi nombre verdadero. Por suerte no se enojó y lo pude pasar a mi Messenger real junto con el resto de mi mundo. 

Nos enganchamos enseguida, pero había dos grandes peros: en primer lugar, yo vivía en Béccar y él en Moreno (ambos tuvimos que buscar dónde quedaba la ciudad del otro en Google y a cuánta distancia estábamos). El segundo y el peor pero, era que Fer estaba muy en el clóset; no lo suficientemente adentro como para dejar de chatear con pibes o prohibirse a sí mismo ver porno gay, aunque sí tenía bien claro que era imposible hablar del tema con sus padres y que era muy improbable que alguna vez les dijera que le gustaban los chicos. Además de esto, no quería correr el riesgo de arreglar para vernos y que sus viejos híper cuidas lo descubran yendo a encontrarse solo con un desconocido.

A medida que fue pasando el tiempo, me era bastante difícil seguir sólo a nivel virtual. Se lo reclamé varias veces. Él me pedía que lo entienda, pero yo era bastante pesado. Fer se terminó retrayendo de a poco, conectándose cada vez menos, tardando en responder a mis mensajes y haciéndose el desentendido con mis demandas. Para fines de enero me di cuenta que hacía al menos una semana que no hablábamos y me empecé a preocupar. Noté también que Fernando había sido muy cuidadoso: más allá de su celular que no respondía mis llamadas y el MSN al que no se conectaba, no tenía forma de contactarlo directamente. En Facebook no estaba y tampoco tenía Fotolog. No conocía a ninguno de sus amigos. Lo endeble que era nuestro vínculo no fue claro para mí hasta ese entonces.

Sí tenía un dato que pude encontrar revolviendo entre las conversaciones: Fernando me había dicho que vivía sobre la calle Yrigoyen. Busqué en el mueble del comedor la guía Filcar de mi viejo, le hice una fotocopia a color con la impresora y marqué con un fibrón rojo la calle en su totalidad. Les expliqué por MSN a Maca y a Caro que quería ir a Moreno en colectivo a buscarlo. Les dije que ya había investigado en la guía y en Google que colectivos nos dejaban. El siguiente sábado por la mañana hacían 25 grados a la sombra y estaban las dos en casa a las 9:30 am.

– Ger… te soy sincera, me parece una locura esto – empezó Caro, acomodándose el flequillo con una hebilla – no queríamos decirte nada porque estabas muy emocionado cuando nos explicaste todo el otro día, ¿pero qué vamos a hacer? ¿Ir a tocar puerta por puerta?

– Es que él me había dicho que la familia tiene un kiosco, no creo que haya tantos…

Caro apoyó el dedo en el mapa fotocopiado.

– Mirá lo que es esta calle, ¡es larguísima! Parece una avenida. ¿Sabes cuantos kioscos debe haber? ¿Aparte no era que la familia no sabía nada? 

Tenía razón. Bajé la vista al piso de baldosas naranjas de la terraza. Tamborileé los dedos sobre la mesa y enseguida sentí la palma de Maca arriba de mis nudillos. Me estaba mirando fijo.

– Yo pienso como Caro. De todas formas, si a pesar de todo querés ir igual, lo hacemos.

– Yo me quedo – sentenció Caro, sin levantar la vista del celular.

– Bueno, Caro se queda, pero yo voy con vos.

Me mordí el labio. Quizás me había dado mucha manija yo solo con esto. Qué idiota.

– Desayunemos primero y después vemos – les dije y me levanté camino a la cocina.

Nos pasamos el resto del día en casa. Mi vieja nos hizo ravioles con salsa rosa para almorzar. Estuvimos toda la tarde en la pileta haciendo remolino y riéndonos de las declaraciones de amor por SMS que Matías del “B” le había mandado a Caro. No toqué más el tema y ellas tampoco.

Ocho meses después, Maca y yo bajamos del micro escolar en la Avenida Victorica de Moreno, a media cuadra de la ruta provincial 7, que se extiende desde el partido de Tres de Febrero hasta Luján. Una vez en la vereda la catequista tomó lista y nos contó uno por uno. Me pregunté si estaban decepcionados por la convocatoria, dado que habían enviado la invitación a todo EGB 3 y polimodal y aún así éramos menos de treinta personas. Entre la catequista y tres preceptores habían cuatro personas del staff del colegio. Maca y yo éramos dos de cuatro alumnos de segundo y los únicos del “C”, los otros dos chicos eran varones del “A”. Había dos pibas re católicas de tercero, y un grupo variopinto de al menos diez chicos de primero. También había una señora gorda que tenía puesto un jean apretadísimo con cortes dorados en los muslos. No teníamos idea de dónde había salido, pero se pasó el viaje en micro charlando y comiendo bizcochitos con los preceptores. 

La catequista nos recordó los puntos de encuentro, y apenas terminó de hablar todos nos dispersamos para el lado de la ruta, esquivando a los vendedores ambulantes que poblaban la calle. Maca me pidió parar en la YPF porque quería comprarse un agua e ir al baño. Me senté en el escalón del local de la estación y saqué el celular. Tenía solamente una línea de señal. Mamá me había comprado uno nuevo para mi cumpleaños en mayo. Éste al menos podía sacar mejores fotos, pero me aparecía “Sin servicio” en la pantalla apenas me alejaba de Tigre, al igual que el anterior al agarrar la ruta 9 para ir a Escobar.

Miré a la multitud que avanzaba hacia la derecha; convergía a metros mío la marcha que venía de Liniers con personas que se aproximaban desde ambos lados de la avenida. Cruzando la ruta, a pocas cuadras seguramente, estaba la calle Yrigoyen. Busqué el contacto de Fer y le mandé un mensaje diciendo “Hola, estás en la caminata?”. Con el cambio de equipo había cambiado el número. Quería comprobar si me respondía si no sabía quién le estaba escribiendo. Escondí el celular rápido cuando escuché los pasos de Maca saliendo del local. Hicimos unos metros y ya estábamos en la ruta.

Los primeros veinte minutos se sintieron como estar en un cardumen, avanzando a toda velocidad por el océano; girábamos y nos movíamos en silencio, por inercia, de acuerdo a la corriente y a lo que hacían a la mayoría de los peces. También nos dimos cuenta rápido que no podíamos reconocer a nadie del colegio entre la gente y que los habíamos perdido. A la izquierda estaban las vías del tren que llega casi hasta la entrada de Luján. La altura de los edificios de la mano derecha fue disminuyendo a medida que pasaba el tiempo, y a la media hora estábamos cercados por casas sueltas, terrenos baldíos, fábricas chicas y locales ubicados de forma arbitraria. De ambos lados se había llenado de puestos ambulantes creados especialmente para la caminata; tenían colgados grandes carteles multicolores pintados a mano que rezaban frases como “Choripan + ensalada de frutas + gaseosa = 20 pesos” o “Baño = 2 pesos” (éste último en la puerta de un taller mecánico).

Habían pasado aproximadamente cuarenta minutos cuando con Maca entramos en un ritmo de respiración diferente, dejamos los monosílabos y volvimos a hablar con normalidad. Nos pusimos a comparar a los caminantes con gente que conocíamos del colegio. Una señora con un buzo polar igual a la mamá de Lucas. Un tipo de campera con un ave amarilla dibujada en el reverso, igual que los bolsillos traseros de un pantalón que usaba Marcos del “B”. Me di cuenta que la gran mayoría de las personas, incluyendo Maca, estaban de jogging. No había chance que me pusiera uno: sólo lo usaba para los días que teníamos Educación Física porque era obligatorio. Detestaba los joggings porque me quedaban mal, mis piernas eran demasiado flacas y nací sin culo. El jean que elegí para la caminata no era chupín, era bastante amplio y liso, sin ningún dibujo extraño o marca vistosa. Me puse unas zapatillas deportivas blancas y azules porque mi vieja me dijo que eran lo mejor. Casi nunca estamos de acuerdo en nada, sin embargo en esto tenía razón. Con las Converse me hubiera muerto.

A la derecha aparecieron voluntarios con pecheras de marcas conocidas de agua mineral. Estaban en grupos de más o menos diez personas, todos sonrientes y con vasos blancos de plástico en la mano. Con Maca nos apuramos para agarrar uno cada uno. Ellos repetían“¡Fuerza, vamos!”. No sabía si eso aplicaba a nosotros o era sólo para gente que realmente había hecho una promesa. A cien metros había una fila larguísima de vasos desechados en las cunetas del camino, que me hizo acordar a documentales de contaminación ambiental de National Geographic. Incluso Maca se dio cuenta.

– De mantener limpio el ecosistema parece que también se ocupa Dios.

Mientras me reía pasamos al lado de una torre con mirador, abandonada y llena de musgo, cerca de una estación de tren. Ya era el mediodía y nos quedamos en remera porque el sol estaba pegando fuerte. Nos dió hambre y comenzamos a notar la cantidad de parrillas ambulantes que había a ambos lados. Hablamos de comprarnos un chori cada uno, pero el colegio ya nos había cobrado el almuerzo y teníamos miedo de deternos y no volver a encontrar a nadie hasta Luján.

Saqué el celular del bolsillo casi a la 1 pm y vi que no tenía señal ni mensajes nuevos. Justo del lado derecho estaba el portón de una quinta cercada por enredaderas. Donde la vegetación era escasa en el alambrado, se podía vislumbrar una casa enorme de ladrillo a la vista, con jardín y pileta de natación. Palmeras enormes brotaban del terreno y sus hojas igual de grandes descansaban en el aire. Entre el hambre y el dolor incipiente en las plantas de los pies, fantaseé con encallar en la puerta de la quinta como la virgen de Luján en la carreta, no moverme y fundar una ciudad alrededor con mi nombre.

– Unas ganas de meterme en esa casa o de tomarme el micro de apoyo hasta el puesto.

– Boludo te dije que averigüé y el micro de apoyo no sólo es una garcha sino que siempre está lleno.

– Estoy harto – suspiré, caprichoso – quiero parar.

Sentí una brisa y una voz desconocida atrás mío.

– ¡Vamos, no pares ahora porque después no arrancas más!

La mujer se me adelantó por el lado izquierdo y se volteó sonriendo, con un poco de sudor en la frente. Parecía de más o menos 30 años, igual que el chico que la acompañaba. Tenía puesta una remera violeta y andaba en muletas. Cuando volvió a mirar al frente y la vi de cuerpo entero me di cuenta que le faltaba un pie.

Mis orejas estaban calientes de nuevo. Me dió vergüenza haberme quejado, pero también que ella me haya dicho eso y me dejara expuesto. ¿Habría oído alguien más que Maca el intercambio? Todos alrededor parecían estar en la suya. Maca no dijo nada. Cambié de tema abruptamente y nos pusimos a hablar de Nahuel, su chongo actual.

Después del intento fallido de viajar a Moreno en pleno verano, seguí intentando comunicarme con Fernando por todos los medios posibles. Mi método de comunicación preferido eran los mails, y mi locura incrementaba cada semana: pasé de mandarle cordiales saludos y desearle bienestar a él y a su familia, a pedidos desesperados pre-comienzo de clases donde lo instaba a que “vuelva” conmigo, porque “sin vos me muero”. Un día en clase le conté a Caro lo que mandaba en los mails y la frecuencia en que lo hacía; le vi cara de preocupación y se puso a hablar de otra cosa. Lo tomé como una mala señal y a partir de abril dejé de escribirle. Mi adolescente estabilidad emocional derrapó cuando a fines de mayo Fer me mandó un mail muy largo deseándome feliz cumpleaños, pidiéndome perdón por su ausencia y rogándome que lo entienda, pero que era imposible estar juntos. Imprimí el mail, lo escondí entre las hojas de la carpeta y me pasé la mañana en el colegio leyéndolo y releyéndolo. La prohibición de nuestro amor le agregaba una cuota muy Romeo y Julieta que me daba aún más mariposas en la panza.

Durante el invierno seguí enviándole correos y algún que otro SMS, mas era en vano; se había borrado definitivamente. Macarena en particular ya estaba harta; cuando estábamos en hora libre o en el recreo y me ponía muy pesado hablando de Fer, sacaba su celular y ponía “Amor de chat” de Román El Original. Me tomaba por sorpresa cada vez y siempre me hacía reír.

 

Llegamos al puesto sanitario acordado, el número 28, cerca de la entrada de General Rodríguez, alrededor de las 2:30 pm. Enseguida encontramos a la catequista y a una preceptora, que nos entregaron un agua, un vaso con coca y dos sándwiches empaquetados a cada uno. Maca me miró y entendimos telepáticamente que nos arrepentíamos de no haber comprado los choris. También nos alegramos que al final no haya venido Caro, que iba a estar quejándose hasta la vuelta en micro de lo pésimo del almuerzo. Por suerte Maca había comprado galletitas surtidas en la YPF y mi vieja me había preparado un tupper con brownies, así no nos moríamos de hambre hasta la noche. 

Nos sentamos en un pedazo de pasto libre lejos de la muchedumbre que rodeaba las carpas. Estaban todos buscando el almuerzo preparado por sus parroquias, o en las colas de asistencia médica o de masajes en los pies, para los que habían desarrollado ampollas. Alrededor nuestro el grupo era bastante joven: la mayoría habían ido con ropa deportiva y se tomaban sólo unos pocos minutos antes de seguir. A la derecha divisé un grupo de chicas de pelo rubio o castaño claro con mochilas Jansport. Pensé que seguro iban a algún colegio cheto de San Isidro, y que este año debían haber ido a Pascua Joven, un retiro espiritual que se hace en el Marín cada Semana Santa. Mi amiga Cami del “D” me insistió para ir, pero después me enteré que te separan por sexo al dormir y no había forma de que me banque eso. Me acuerdo que Cami fue y volvió muy cambiada, hablando con voz tranquila y un acento que no tuvo nunca. Por suerte para el viernes siguiente ya se le había ido. Del lado opuesto tomaba mate un grupo de pibes que tendrían veintipico. Había uno que me llamó especialmente la atención: estaba acostado con la cabeza sobre la mochila, morocho, jogging gris y una remera negra que rezaba “Las Pastillas del Abuelo” en letras blancas. Mientras hablaba sonriendo se pasaba la mano por la panza y se le veía el caminito en el abdomen. Le hice señas a Maca con carpa. Después de mirarlo unos segundos, arqueó las cejas y sentenció con voz grave:

– Adentro, de una. 

Reímos como hienas, dos adolescentes calentones y herejes en un mar de correctos y creyentes.

Más lejos nuestro y más cerca del puesto estaba sentado el grupito de primero. Eran casi todas chicas pero había un par de varones, entre ellos Elías. Siempre pensé que era gay como yo, aunque cuando mandaba a mis amigas a que averigüen disimuladamente, todas volvían con respuestas negativas, e historias de caras de genuino desconcierto entre las de primero por la pregunta. Me había hablado un par de veces con casi todos los del grupito en el recreo, pero si yo me manifestaba Elías se iba, miraba para otro lado o hacía como que no existía. Era como si quisiera borrar su posible homosexualidad evitando al único gay que había semi-salido del clóset en todo el colegio. Elías además pasaba todos los sábados en el grupo parroquial de polimodal. Seguramente eso no mejoraba las cosas.

Agarré mi celular para chequear si tenía algo de señal. Lo moví un poco y aparecieron dos líneas y un nuevo mensaje de mamá. Le respondí diciéndole que estábamos a mitad de camino y que le avisaba cuando estemos volviendo. Dejé el celular en el pasto por unos segundos. Tenía los ojos cerrados y la frente al sol en el momento que sentí la vibración. 

Era Fernando. Dos mensajes. “Sí, estoy saliendo de Gral. Rodriguez” “Sos Juli no? No tengo tu número agendado.” Se me paró el corazón y luego empezó a latir más fuerte. Creo que temblé durante un minuto. Hice como que acomodaba la mochila para que Maca no sé de cuenta. 

En mi saga mayormente unidireccional con Fernando había un detalle que había omitido contarle a mi mejor amiga: Fernando era muy católico, y sus padres lo eran aún más. Iban a misa todos los domingos y participaban de cada celebración que había en la iglesia de su colegio. No quise contárselo antes a Maca porque lo iba a prejuzgar; en Catequesis nosotros siempre pelotudeábamos al profesor. También nos burlábamos de todos los ritos católicos, incluso de los otros alumnos que cantaban en el coro o hacían de monaguillos. En uno de nuestros primeros recuerdos juntos nos tentamos en una misa mientras uno de primero con voz rarísima leía desde el atril. ¿Qué iba a pensar si de repente le revelaba esto? No podía decírselo, se iba a enojar porque la había arrastrado hasta acá, y no para pasar tiempo con ella, sino para ver a un pibe del que me enamoré virtualmente y que no me hablaba hace meses. Yo sabía que existía la posibilidad de que Fernando esté en la marcha, no era sólo por acercarme a Moreno que había querido venir. Pero ahora tenía confirmación. 

Vibró el celular de nuevo. Fernando. “Quien sos?”. Me pregunté si se le había ocurrido que podía ser yo. No había opción de contestarle porque seguramente se iba a asustar, sin embargo guardaba la esperanza de cruzarnos y vernos lo más espontáneamente posible. ¿Y si estaba cerca? ¿Y si lo cruzamos en algún momento y no me di cuenta? ¿”Juli” sería Julián o Julieta? Respiré profundo un par de veces para dejar de temblar y me puse la mochila. Con Maca nos limpiamos el pasto del culo y retomamos la ruta.

– Ger, me parece que me estoy quemando groso, ¿trajiste protector solar al final?

 

La segunda parte de la caminata fue la más dura. El malestar manejable de la primera mitad se había evaporado al parar unos minutos para comer. Nos dolían los pies, las pantorrillas y hasta el torso. Acostumbrados a profesores de Educación Física que compraban facturas y nos ponían a jugar al fútbol o al vóley la hora completa, teníamos cero entrenamiento físico y nunca habíamos caminado así en nuestras vidas. Descubrimos alrededor de las 4 de la tarde que el pie no dolía tanto si pisábamos sólo con la mitad de la planta. Media hora más tarde nuestro invento había dejado de funcionar y el dolor volvió con todo. Durante esos momentos la señora gorda del micro reapareció, como una visión en el medio del desierto, y nos dijo que nos miráramos las manos. Gritamos cuando descubrimos que por dedos ahora teníamos salchichas parrilleras. Nos aconsejó que caminemos con las manos en alto, así, para que volviera a la normalidad la circulación. Las sostuvimos sobre la cabeza un rato más, en tanto ella volvía a perderse en la multitud. Pasamos por diferentes puntos donde había voluntarios parados en la ruta ofreciendo budín y mate cocido de forma gratuita. Engullimos lo que pudimos. Maca estaba con mucho dolor en los pies así que paramos cinco minutos en un punto de apoyo (número 40 y algo) y una señora de pechera verde le hizo masajes. Al retomar ya se veía a la izquierda y al frente el sol poniéndose sobre las vías del tren. Se nos estaba haciendo tarde. Al rato, vimos un cartel sobre nosotros que decía “Luján Centro – Basílica”. Decidimos acelerar el paso y del cansancio empezamos a hablar poco y nada. 

Pasamos por debajo de un puente enorme y del lado izquierdo había curas haciendo bautismos en una carpa. Una señora en el medio de la ruta estaba parada sobre una silla, con pechera amarilla y un megáfono chillando “¡Fuerza, vamos que podemos!”. Al lado había un chico un poco más grande que yo, sosteniendo una pancarta con una imagen enorme de la Virgen de Luján. Me di cuenta que el diseño era diferente al de la estampita de la Virgen que había en mi casa. 

“¡Vamos que ya llegamos!” dijo otra señora de amarillo con otro mégafono más adelante. Pensé en ese apoyo implícito, diáfano y de solidaridad entre todos los caminantes, desde los que prepararon comida gratis hasta la señora con muletas que me dijo que no pare. Me pregunté si ese apoyo sería también válido si supieran que soy gay. En el colegio los catequistas dicen barbaridades cada vez que sale el tema del matrimonio entre dos hombres o dos mujeres, ¿por qué no pensaría eso toda esta misma gente que está acá, caminando con cruces al lado mío?

Sentí la cabeza muy liviana. Me di cuenta que nunca me había pasado antes. Seguro era producto de estar casi nueve horas caminando con muy poco descanso. Me pregunté si quizás era Dios. No me reí ni se lo dije a Maca tampoco, porque estaba muy agotado para hablar y caminar al mismo tiempo.

Doblamos a la izquierda de una pequeña rotonda, donde había carteles de fetos gigantes destrozados con la frase “¡Soy tu sangre mamá!”. No sé porque me sorprendió; el año pasado en el colegio nos hicieron ver un video de una hora y media en contra del aborto en la biblioteca. 

Justo nos pasó por al lado una señora con un marido y un cochecito. Me pregunté cómo habrían hecho para caminar con un bebé, si el niño estaría consciente de lo que estaba pasando. Ví carteles pintados a mano en las barandas de la ruta que rezaban “Sí a la vida”. No llegué a ver si eran en contra del aborto o en contra de las drogas.

Del campo y las vías pasamos pronto a estar entre casas bajas. De la mano izquierda esta vez había una feria como la de la plaza de San Isidro. En vez de sahumerios y objetos hippies, en ésta vendían figuras de la Virgen de todos los tamaños. Había otros puestos donde ofrecían bijou, rosarios de metal y de plástico, azules, rojos, verdes, blancos y rosas. En otros vendían anillos. Fantaseé con comprar dos, uno para mí y otro para Fer, para cuando nos veamos, pero seguí caminando. También había puestos con camisetas y banderines de fútbol de todos los equipos. Me acordé del banderín rojo y blanco de “los millonarios” que mi papá me había comprado cuando era más chico, esperanzado que alguna vez me gustara el fútbol. Siempre lo tuve colgado en la pared de mi cuarto y recién lo escondí en el placard el año pasado. Creo que fue poco después de conocerlo a Fer.

La feria eventualmente se terminó y entendí que ya estábamos en la ciudad de Luján, mas parecía que estábamos caminando por una calle de pueblo. Algunas cuadras me parecieron tan abandonadas como ciertas cuadras de Béccar. La mayoría de las casas no tenían las luces de afuera prendidas. ¿Estarían acostumbrados a esto todos los años? ¿Se habrían ido a la otra punta de la ciudad a refugiarse en la casa de familiares o amigos? ¿Habría alguno adentro aterrado por la cantidad de gente que pasaba por la puerta de su casa? Me imaginé que yo seguro estaría así. Alcanzamos a un señor mayor que caminaba más lento, con un bastón, y le pasamos rápido por al lado. ¿Desde dónde vendría? ¿Por qué estaba solo? ¿Necesitaría ayuda? Con Maca nos reíamos de todo el mundo, aunque en ese momento avanzábamos callados. Se me ocurrió por primera vez que quizás nos era más fácil hablar de otros que de nosotros. También hacía el trayecto más llevadero, para no desistir en el intento. Aplicaba tanto para la peregrinación como para la secundaria.

Pensé en todas las personas que me rodeaban, todas seguramente con una meta personal diferente, pero convicciones más grandes que quizás hasta se contradecían. Pensé en la fé que seguro los une, fé que yo estaba perdiendo hace años a cuentagotas. Pensé en que Fernando apareciera, que nos encontremos, que me salve, que me ate a él. Estaba tan solo en el mundo antes de conocerlo. 

Doblamos con la caminata hacia la derecha y pudimos ver con claridad las torres neogóticas y los vitrales. En torno nuestro empezaban a figurar pancartas de diferentes parroquias que ya habían llegado. “Loreto”. “Santa Teresita de Martínez”. “Parroquia San Francisco Solano.” Unos minutos después nos encontrábamos en el vestíbulo de la basílica. Estaba colmado de fieles e infieles y era igual de imposible moverse que en un boliche. Sonaban canciones de misa por altoparlantes que no podíamos distinguir. Eran voces femeninas. Seguro los que habían ido a Pascua Joven se las sabían enteras. Logramos llegar hasta la parte delantera de la nave. Desde los púlpitos elevados había sacerdotes que tiraban agua bendita con violencia. Nos sentimos por breves momentos en el juego de agua del Parque de la Costa. Seguimos caminando hacia los bancos para ver qué pasaba en el pasillo principal.

Había al menos dos personas acercándose arrodilladas hacia el altar, un hombre mirando para arriba y una mujer con la cabeza baja y los ojos cerrados. Recordé la primera vez que vine a Luján. Tenía seis años, fuimos al restaurante de las monjas y después de comer pasamos por la basílica. Vi como una señora muy parecida a mi abuela se movía arrodillada por el pasillo. Me pregunté entonces si no le dolía arrastrarse así. Volviendo a casa mamá me explicó que eso era algo que hacían algunas personas, aunque no la mayoría. Mucho tiempo después, papá se hizo devoto de la Virgen cuando nos empezó a ir mal económicamente. Hacía promesas y nos llevaba a todos a Luján al menos dos veces al año. Siempre me sentaba en los bancos a pensar en otras cosas cuando mi viejo rezaba, pero cuando cumplí trece recé con él. Había descubierto hacía muy poco tiempo que me gustaban los chicos. Sabía que no se lo iba a poder contar a nadie en el colegio ni en casa. Sólo quería que se fuera, que desapareciera mi deseo. Quería volver el tiempo atrás. Todo se mantuvo igual y mi deseo sexual siguió creciendo. A los catorce volví de nuevo a pedirle ayuda a la Virgen, lo que sea que pudiera darme. Estaba desesperado y ya había pensado en suicidarme varias veces. Un año exacto después de mi última visita, hablamos con Fer por primera vez. 

Maca y yo salimos de la basílica por una de las puertas laterales, buscando al grupo del colegio. Había refrescado. La ayudé a ponerse el buzo pero fue un suplicio, porque tenía todo el cuello y los brazos colorados del sol. Una vez que logramos meter cada extremidad en cada manga, caminamos hasta una sala más chica cerca de la entrada a la cripta. Estaban todos los del cole en torno a una de las chicas de primero, que parecía que se había desmayado al llegar. Elías estaba frente a ella con un sobrecito de azúcar y una botellita de agua. 

– Voy a ver si los puedo ayudar. 

– Dale, dejame ver si hay algún puesto donde vendan papas fritas. Así de paso nos compro otro paquete y volvemos comiendo. 

Volví a salir por la puerta lateral de la parroquia. Había un kiosco improvisado cruzando las rejas. Mientras miraba las marcas de papas, me pareció ver por el rabillo del ojo una mochila color azul oscuro que me parecía conocida, en medio de un grupo de pibes de mi misma edad. Era la mochila azul de la foto que imprimí y tenía guardada en un cajón de mi escritorio. En la imagen la mochila estaba apoyada sobre una silla de madera, con una biblioteca de fondo. En la cama del lado opuesto estaba sentado Fer, con shorts de jean y una remera marrón, sonriendo y con un cartel en la mano.

Sentí el corazón en la boca. Me puse la capucha del buzo y me moví un poco más adentro del puesto, mientras observaba por primera vez la nuca de Fer en persona. Era al mismo tiempo una lluvia de fuegos artificiales y un desinflamiento verlo moverse, tan igual y tan diferente a lo que me había imaginado. Vi también como una chica de pelo lacio se acercaba a él y le apoyaba una mano en la espalda, que estaba cubierta por una pechera celeste con el nombre de una parroquia que no llegué a leer. Fer juntó los omoplatos, como queriendo deshacerse de esa caricia, sin embargo unos segundos después los devolvió a su lugar. Algunos de su grupo empezaron a caminar para el puesto donde yo estaba. Me di vuelta enseguida, pagué dos paquetes de papas Lay’s y salí disparado para la entrada de la cripta.

El micro de la vuelta era diferente al que nos había llevado hasta Moreno. Parecía más un micro de larga distancia. Las cortinas eran de terciopelo, azules y con rombos bordó. Nos tomaron lista cuando ya estábamos todos arriba, pero a los cinco minutos se había dormido la mayoría, incluyendo a Maca, así que desde mi asiento fui señalándole cada alumno a la catequista. 

No tenía forma de procesar lo que acababa de ocurrir. Mi primer instinto fue poner “Goodbye My Lover” y repetirla una y otra vez, aunque me di cuenta rápido que no era una tristeza cualquiera. Fer había elegido un camino diferente. Su silencio y su alejamiento habían sido todas las respuestas que necesitaba. Me puse la mochila sobre las rodillas, para ordenar un poco lo que había adentro antes de llegar a casa. Hice un bollito la autorización del viaje y la guardé adentro del paquete vacío de galletitas surtidas. En el bolsillo chico estaba la estampita de la Virgen que me habían dado en los primeros kilómetros de la peregrinación. Decía: “Luján 2008. Madre, enséñanos a escuchar”. 

Cuando bajamos por Acceso Norte y nos acercábamos a Victoria, la miré a Maca, durmiendo al lado mío. Tenía la cara roja por el sol de octubre que nos tomó por sorpresa (“hace unos días empezó la primavera, no creo que haga falta protector” le había dicho yo el día anterior). Apenas subimos al micro, se sacó las zapatillas y descubrimos que tenía unas ampollas horribles, mucho peores que las mías. Antes de que se durmiera habíamos hablado de que no podíamos esperar a llegar a mi casa, para poder poner los pies en palanganas de agua con sal y dormir hasta la tarde del día siguiente. Pensé en cómo Maca me acompañó en todo lo que le pedí siempre, desde ofrecerse a ir a buscar un desconocido en Moreno a una caminata a Luján de diez horas. Pensé en lo verdaderamente solo que estaba antes que llegue ella, como no confiaba en nadie, y como ella estuvo presente, al lado mío, cada vez que la necesité. Como cuando le cuente esta noche todo lo que pasó hoy con Fer, seguramente se enoje unos minutos nada más y después me diga “Boludo, ¿por qué no me contaste?”. Pensé en la suerte que tengo de tenerla. Se ve que la ayuda que pedí hace un tiempo en la basílica llegó y no me había dado cuenta. 

 

0 comentarios

Deja un comentario